Volver al cuerpo
Por: Ignacio Monti
23 junio, 2026

A veces pienso que gran parte del trabajo corporal empieza mucho antes de movernos.

Empieza en un momento más simple, más silencioso, casi invisible: cuando volvemos a registrar el cuerpo.

No hablo de mirarnos al espejo ni de evaluar si estamos derechos o torcidos. Hablo de algo más profundo. De poder detenernos un instante y preguntarnos: ¿qué estoy sintiendo? ¿Dónde estoy haciendo fuerza sin darme cuenta? ¿Cómo estoy respirando? ¿Qué parte de mi cuerpo aparece presente y qué parte parece olvidada?

Con los años fui viendo que muchas personas llegan a una práctica corporal diciendo que tienen mala postura, que están rígidas, que les duele la espalda, que necesitan elongar o fortalecer. Y seguramente algo de todo eso sea cierto.

Pero muchas veces, antes de la rigidez, antes del dolor y antes de la falta de fuerza, hay otra cosa: una distancia enorme con el propio cuerpo.

Vivimos con el cuerpo, pero no siempre lo habitamos.

Lo usamos para trabajar, para resolver, para sostener, para cuidar a otros, para correr detrás de lo urgente. Le pedimos que responda, que aguante, que rinda, que no moleste. Y cuando finalmente aparece el dolor, la tensión o el cansancio, lo miramos como si fuera un problema que hay que corregir.

Pero el cuerpo no es un problema.

El cuerpo habla.

A veces habla en forma de contractura.
A veces en forma de cansancio.
A veces en una respiración corta.
A veces en una mandíbula apretada.
A veces en una espalda que no puede soltar.
A veces en una sensación de estar siempre en alerta.

La pregunta es si estamos disponibles para escucharlo.

La distancia con el cuerpo

Registrar parece algo básico, pero no lo es.

Muchas personas descubren por primera vez que no sabían cómo estaban apoyadas, que no registraban una parte de su espalda, que respiraban casi sin mover las costillas, que sostenían los hombros como si cargaran una mochila invisible.

Y cuando eso aparece, no hace falta juzgarlo. No hace falta decir “esto está mal”. Alcanza con verlo, con sentirlo, con darle lugar.

Porque cuando una persona empieza a registrar su cuerpo, empieza también a recuperar algo de sí misma.

Después de registrar, algo empieza a ordenarse. La persona no solo siente una tensión: empieza a preguntarse por qué aparece. No solo nota que respira poco: empieza a reconocer en qué momentos se cierra. No solo descubre que su espalda está rígida: empieza a ver cuánto esfuerzo viene sosteniendo desde hace tiempo.

Conocer el cuerpo no es aprender anatomía de memoria.

Es empezar a comprender la propia manera de estar.

Dónde me tensiono. Cómo me protejo. Qué zonas uso de más. Qué partes de mí quedaron apagadas. Cómo responde mi cuerpo cuando estoy exigido, preocupado o cansado.

Este conocimiento no busca culpables. Busca comprensión.

Y eso cambia mucho el modo de trabajar. Porque cuando entiendo un poco más lo que mi cuerpo expresa, dejo de pelearme tanto con él.

Del registro al cuidado

Hay un punto que puede sonar simple, pero para mí es uno de los más profundos: no podemos cuidar algo que rechazamos todo el tiempo.

Muchas personas tienen una relación dura con su cuerpo. Lo critican, lo fuerzan, lo comparan, lo exigen o lo abandonan. Se mueven para corregirse, para compensar culpas, para sacarse de encima un dolor, para volver a encajar en una imagen.

Pero hay otro camino posible.

Moverse no para castigarse.
Moverse para escucharse.
Moverse para volver a sentirse en casa.
Moverse para tratarse un poco mejor.

Quererse no es una idea romántica ni ingenua. Es una condición concreta del cuidado.

Cuando cambia el vínculo con el cuerpo, cambia también la forma de moverse.

Ya no se trata de imponerle al cuerpo una forma ideal. Se trata de acompañarlo a recuperar presencia, confianza y disponibilidad.

El cuidado aparece cuando dejamos de tratar al cuerpo como una máquina. Cuidar no es solamente hacer ejercicio. Tampoco es cumplir con una rutina perfecta. Cuidar es aprender a responder mejor a lo que el cuerpo necesita.

A veces necesita moverse.
A veces necesita descansar.
A veces necesita fuerza.
A veces necesita soltar.
A veces necesita respirar.
A veces necesita límite.
A veces necesita continuidad.

El cuidado profundo no nace de la obligación. Nace de una relación.

Cuando empiezo a registrar y a conocer mi cuerpo, el cuidado deja de ser un mandato externo y se vuelve una forma de respeto.

Integrar para flexibilizar

Con el tiempo, también empezamos a descubrir que el cuerpo no funciona por partes separadas.

No es solo el cuello. No es solo la espalda. No es solo la cadera. No es solo el diafragma. No es solo la fuerza o la flexibilidad.

Todo está dialogando.

La respiración modifica la postura. Los apoyos cambian el tono. La tensión emocional se expresa en el cuerpo. La rigidez puede ser una forma de defensa. La falta de fuerza puede alterar la confianza. La percepción modifica el movimiento.

Integrar es volver a sentir el cuerpo como una unidad viva.

No perfecta.
No simétrica.
No ideal.

Viva.

Un cuerpo integrado no es un cuerpo sin tensiones. Es un cuerpo con más capacidad de escucharse, reorganizarse y responder.

Por eso, muchas veces, flexibilizar no es simplemente elongar más. No es llegar más lejos, ganar rango o aflojar lo que está duro.

La flexibilidad, al menos como yo la entiendo, tiene que ver con algo más amplio: recuperar capacidad de adaptación.

Un cuerpo flexible no es un cuerpo blando o sin sostén. Es un cuerpo que puede ceder cuando necesita ceder y sostener cuando necesita sostener. Un cuerpo que no responde siempre desde la misma defensa. Un cuerpo que puede cambiar.

A veces la rigidez no es solo muscular.
A veces es una forma de protección.
Una manera de no sentir tanto.
Una estrategia para seguir funcionando.

Por eso no alcanza con estirar. Necesitamos crear condiciones para que el cuerpo pueda confiar un poco más.

Cuando el cuerpo se siente más seguro, muchas veces empieza a soltar.

La fuerza como sostén

Y después aparece la fuerza.

Pero no cualquier fuerza.

No la fuerza entendida como dureza, exigencia o rendimiento. No la fuerza como una nueva forma de violentar al cuerpo. Sino la fuerza como sostén.

Fortalecer, desde esta mirada, es ayudar al cuerpo a sentirse más capaz.

Capaz de sostenerse.
Capaz de moverse.
Capaz de organizarse.
Capaz de habitar la vida con más presencia y menos compensación.

Un cuerpo fuerte no es un cuerpo rígido.

Es un cuerpo disponible.

Por eso la fuerza tiene que llegar integrada al registro, a la respiración, a los apoyos, a la percepción y al cuidado. Porque si fortalecemos sin registrar, muchas veces reforzamos las mismas tensiones de siempre. Pero cuando fortalecemos desde la conciencia, la fuerza se vuelve una herramienta de confianza.

No se trata de elegir entre sensibilidad o fuerza.

Se trata de construir una fuerza sensible.
Una fuerza que no nos endurezca.
Una fuerza que nos ayude a estar más presentes.

Un camino de regreso

Quizás el recorrido sea más simple de lo que parece.

Registrar.
Conocer.
Quererse.
Cuidar.
Integrar.
Flexibilizar.
Fortalecer.

No como una fórmula cerrada. Más bien como un camino de regreso.

Regreso al cuerpo.
A la escucha.
A una forma más amable de movernos.
A una postura que no sea una pose, sino una expresión más honesta de cómo estamos viviendo.

No se trata solamente de “pararse mejor”.

Se trata de habitarse mejor.

Porque cuando alguien vuelve a registrar su cuerpo, no solo cambia su postura. Cambia la manera en que se trata. Cambia la manera en que se mueve. Cambia la manera en que se cuida.

Y desde ahí, la flexibilidad y la fuerza dejan de ser objetivos aislados.

Se vuelven parte de algo más profundo: recuperar una relación viva con el propio cuerpo.

Nacho Monti

Creador y director de TPH

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