Hay un tipo de persona que muchas generaciones aprendieron a admirar.
El que se la banca. El que no pide. El que no necesita. El que resuelve.
No siempre se decía con esas palabras. Pero se reconocía. Se valoraba. Se transmitía de una forma u otra, en las familias, en los trabajos, en la manera en que se contaban las historias de los que «pudieron con todo».
No estoy seguro de cuándo eso se instaló. Ni tampoco si fue del todo malo. Pero sí me pregunto qué pasó con el cuerpo en ese proceso. Qué lugar quedó para él en una forma de vida organizada alrededor de producir, sostener, resolver.
Sospecho que quedó poco lugar.
Lo que noto, después de muchos años trabajando con personas, es que la mayoría no llega al movimiento porque eligió. Llega porque algo dejó de funcionar. Un dolor que no cede, una rigidez que se instaló sin que nadie la invitara, un cansancio que ya no explica el calendario.
El cuerpo habló cuando no quedó otra.
Y lo interesante no es que eso pase. Lo interesante es que casi nadie se sorprende de que haya pasado. Como si fuera lo esperable. Como si la relación con el propio cuerpo fuera algo que se atiende en emergencia, no algo que se construye.
Eso me dice algo sobre cómo aprendimos a vivir.
Hay una idea que me ronda hace tiempo y que todavía no termino de formular del todo.
No podemos querer lo que no conocemos.
Si nunca desarrollaste una relación real con tu cuerpo — si nunca lo habitaste, si nunca aprendiste a registrar lo que siente, si siempre lo trataste como el vehículo que te lleva de un lugar a otro — no vas a extrañar esa relación cuando empiece a perderse. No vas a reclamar algo que nunca supiste que tenías.
La resignación física que aparece cerca de los cuarenta, los cincuenta, los sesenta, muchas veces no es una decisión consciente. Es algo más silencioso. Es el resultado de no haber construido ese vínculo. Y cuando la resignación es lenta, no duele. Simplemente se instala.
Como no podés extrañar a alguien que nunca conociste.
Entonces el problema cambia de lugar.
La pregunta no es «¿por qué no me muevo más?». Esa pregunta casi siempre lleva a respuestas que ya sabemos — tiempo, energía, motivación — y que no nos llevan a ningún lado.
La pregunta que me parece más honesta es otra: ¿qué tendría que conocer de mi cuerpo para querer cuidarlo?
Porque cuidarse no empieza con un plan. Empieza con un encuentro. Y ese encuentro muchas veces es incómodo. Aparecen cosas que no sabíamos que estaban. Rigideces, tensiones, zonas apagadas. Información sobre cómo estuvimos viviendo que no habríamos encontrado de otra manera.
Eso no es agradable al principio.
Pero es real.
Por eso creo que cuidarse tiene algo de acto de rebeldía. No la rebeldía ruidosa. La otra. La más difícil.
La decisión de no seguir siendo un desconocido para uno mismo.
De no esperar a romperse para prestar atención.
De no confundir el aguante con la fortaleza.
De dedicarle tiempo a algo que no produce nada visible, que no se puede mostrar en una reunión, que no resuelve ningún problema urgente — pero que cambia la manera en que se habita todo lo demás.
No para vivir más años, necesariamente.
Para estar más presente en los que ya estamos viviendo.
Por Nacho Monti
Creador y director de TPH

