Gran parte de la educación del cuerpo y del movimiento está atravesada por una herencia basada en la disciplina, la obediencia y el rendimiento. Desde esa lógica, la mente da órdenes y el cuerpo debe responder, como si estuviera a nuestro servicio.
El problema es que esta relación puede volvernos menos disponibles para escuchar el cansancio, el dolor, la tensión y otras formas de feedback corporal. Por eso, no alcanza con aprender a movernos mejor: necesitamos cambiar el idioma con el que nos relacionamos con el cuerpo y desarrollar una forma de diálogo menos autoritaria, más sensible y más cooperativa.








































