Hay una línea que me interesa seguir pensando: cuánto de nuestra manera de educar y entrenar el cuerpo está atravesada por una herencia histórica vinculada con la instrucción militar.
Desde los guerreros de la antigüedad hasta las escuelas militares modernas, gran parte de la educación del movimiento estuvo organizada alrededor de una lógica muy concreta: disciplinar el cuerpo, hacerlo obediente, eficiente y disponible para cumplir una función.
El cuerpo debía responder a una orden.
Tal vez esa matriz histórica y antropológica siga presente, de forma menos evidente, en muchas de las maneras actuales de entender el entrenamiento, el rendimiento y hasta el desarrollo personal.
Entrenamos el cuerpo para que funcione mejor, para que rinda, para que nos permita alcanzar objetivos. Lo pensamos como una herramienta que tiene que estar a nuestro servicio. Casi como si fuera un empleado más dentro de nuestra propia organización.
Yo doy las órdenes.
El cuerpo ejecuta.
En ese vínculo aparece una forma de liderazgo bastante autoritaria sobre nosotros mismos. Un liderazgo donde el cuerpo tiene que adaptarse a lo que la mente decide, incluso cuando empieza a dar señales de cansancio, dolor, tensión o saturación.
Y entonces puede pasar algo parecido a lo que sucede en algunas organizaciones: quien lidera deja de escuchar la información que viene desde abajo.
No porque esa información no exista, sino porque no encaja con el plan.
El cuerpo habla, pero muchas veces su mensaje es interpretado como una interrupción, una debilidad o una resistencia que hay que superar.
Por eso, quizás parte del trabajo que necesitamos hacer no consiste solamente en aprender a escuchar el cuerpo. Tampoco alcanza con reinterpretar racionalmente sus señales.
Tal vez tengamos que cambiar directamente el idioma con el que nos relacionamos con él.
Porque intentamos imponerle al cuerpo un lenguaje construido desde la voluntad, la productividad, el control y el rendimiento. Pero el cuerpo tiene otro idioma. Un código mucho más antiguo que nuestras ideas, nuestras metas y nuestras formas modernas de organización.
Ese lenguaje aparece en la respiración, en el tono muscular, en el cansancio, en el placer, en la tensión, en el dolor, en la necesidad de movimiento o de descanso.
Aprender ese idioma requiere algo más que información o técnica.
Requiere paciencia.
Requiere disponibilidad.
Requiere renunciar, al menos por momentos, a la necesidad de controlar.
No se trata solo de aprender a movernos mejor. Se trata de desarrollar una nueva capacidad de diálogo con nosotros mismos.
Quizás educar el cuerpo, desde esta perspectiva, no sea enseñarle a obedecer, sino aprender a conversar con él.
Y quizás ahí también aparezca una forma diferente de liderazgo: menos basada en la imposición y más orientada a la escucha, la regulación y la cooperación.
Nacho Monti
Creador y director de TPH


